Buenos Aires, 25 julio (NA)- La visita de Javier Milei a Brasil, concebida en la agenda oficial como un viaje para estrechar lazos con el Estado de San Pablo y recibir la Orden de Ipiranga, derivó en un episodio de confrontación política de alto voltaje con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y con parte de las instituciones brasileñas. En un discurso encendido ante la Convención Nacional del Partido Liberal (PL), el mandatario argentino no sólo respaldó la candidatura presidencial del senador Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro, sino que además describió a Brasil como un país atravesado por el “riesgo Lula”, al que asoció con la lógica del “socialismo” que, según su relato, hundió a la Argentina en la decadencia. Milei llegó a San Pablo acompañado por la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el canciller Pablo Quirno. Por la mañana se reunió con el gobernador Tarcísio Gomes de Freitas y recibió la Condecoración de la Orden de Ipiranga, la máxima distinción que otorga el Estado de San Pablo. Pero el tono institucional se desdibujó rápidamente cuando, ya en el escenario del PL, el presidente argentino se lanzó a una diatriba ideológica que convirtió el acto en un mitin regional de la derecha y en un mensaje directo al corazón de la política brasileña. “Lo que decidan, en el corto plazo, en las urnas, sin lugar a dudas, tendrá ramificaciones en las próximas décadas”, advirtió Milei, convocando al pueblo brasileño “a no dejarse robar el futuro” y a votar pensando en las generaciones venideras. La apelación no fue abstracta: el mandatario trazó un paralelo con la experiencia argentina, a la que definió como una nación que “de ser una potencia mundial, los zurdos de mierda nos hundieron en la pobreza”. Desde esa narrativa, se arrogó una misión regional: “Advertir a las demás naciones para que cambien a tiempo y puedan evitarse tragedias sociales y económicas como la de Argentina, y todavía peores”. En su discurso, Milei insistió en que el socialismo es “el camino al totalitarismo” y describió un supuesto modus operandi: generar desequilibrios económicos para retener votos en el corto plazo, dejar un escenario de crisis y obligar luego a la derecha a “solucionar todos estos problemas” cuando llega al poder. “Lo hemos hecho en visitas a otros países, en foros y organismos internacionales y donde sea que hayamos tenido la oportunidad; lo seguiremos haciendo. Seguiremos ofreciendo nuestro testimonio, en todas partes, contra las mentiras del socialismo”, prometió, en una suerte de cruzada itinerante. El punto de mayor fricción llegó cuando Milei trasladó esa lógica al caso brasileño. “Si en Argentina tenemos como factor económico lo que llamamos el riesgo Kuka; acá, en Brasil, hoy tienen el riesgo Lula, y se refleja claramente en el mercado accionario”, afirmó, introduciendo al presidente brasileño como variable de riesgo para los inversores. El concepto, repetido en el discurso, buscó instalar la idea de que la continuidad de Lula en el poder es un factor de inestabilidad económica, en contraste con la promesa de “prosperidad” que, según Milei, encarna Flávio Bolsonaro. La escena tuvo incluso un momento de tensión técnica que el mandatario argentino convirtió en agravio político. Cuando se cortó el sonido del micrófono, Milei reaccionó con una frase que cruzó la frontera del protocolo: “Che, ¿los micrófonos estos quién los mandó a tocar? ¿El ladrón?”, dijo, en alusión directa a Lula, a quien ya había calificado en otras ocasiones como “basura socialista”. El ataque personal se sumó a otro frente de crítica: el presidente se quejó de que el Supremo Tribunal Federal no hubiera habilitado su visita a Bolsonaro padre en la cárcel, y apuntó contra el juez Alexandre de Moraes, a quien llamó “basura calva”. “Tenía un vecino que se metía en la política de Argentina para tratar de torcer la historia en favor de los zurdos de mierda”, recordó Milei, aludiendo al apoyo que Lula brindó a Sergio Massa durante la campaña presidencial de 2023. En el acto del PL, el argentino contrastó aquel gesto con la negativa de la Justicia brasileña a permitirle ver a Bolsonaro (p) en prisión: “La basura calva no me permitió visitar a mi amigo encarcelado injustamente”, dijo, y recordó que Lula había recibido a dirigentes extranjeros durante su propia detención, insinuando un trato desigual. Del lado brasileño, la respuesta no tardó. En un mitin del Partido de los Trabajadores (PT) en Campiña para respaldar la candidatura a gobernador de Fernando Haddad, Lula lanzó un mensaje que, sin nombrar a Milei, apuntó claramente al visitante argentino: “Que nadie de fuera intente interferir en nuestras elecciones. No soy de fanfarronear, no me gusta decir lo que no puedo hacer, pero les diré algo que he tenido desde que nací, algo que aprendí de una madre analfabeta: caminar con la cabeza bien alta, tener vergüenza y carácter que no se encuentran en los centros comerciales”. El presidente brasileño había sido objeto de los calificativos de Milei, pero eligió responder con una defensa de la soberanía electoral y del carácter nacional. En declaraciones posteriores, Lula fue más explícito: “Nadie de afuera va a poner el dedo en las elecciones de nuestro país”, sostuvo, y añadió que “ninguna autoridad pública en Brasil está exenta de críticas, siempre y cuando se realicen de la manera y en el momento adecuados. Sin embargo, es inaceptable que un jefe de Estado extranjero venga a nuestro país y se dirija a sus poderes constituidos de manera irrespetuosa”. El mandatario brasileño remató: “No sorprende que el actual presidente de Argentina se comporte de esta manera. Después de todo, ha habido muchas situaciones recientes en las que ha demostrado que no está a la altura del cargo que ostenta”. En paralelo, el entorno institucional brasileño tomó nota del tono de Milei. Las referencias despectivas al Supremo Tribunal Federal y a Alexandre de Moraes, en un contexto de fuerte sensibilidad sobre la independencia judicial tras los episodios del bolsonarismo y el asalto a las sedes de los poderes en Brasilia, pueden tener efectos en la percepción del gobierno argentino dentro de la estructura de poder brasileña. La visita, que en el plano formal se inscribía en una agenda de cooperación y reconocimiento, terminó así atravesada por un discurso que se alineó abiertamente con la derecha local y que cuestionó al presidente en ejercicio y a uno de los jueces clave del sistema. Milei, sin embargo, presentó su intervención como parte de una “transformación regional”. “Hoy Brasil puede sumarse a la transformación regional de la que hemos sido testigos en estos últimos años, que hará de Latinoamérica una región sinónimo de progreso”, dijo, mencionando el avance de gobiernos de derecha en países como Argentina, Colombia, Perú, Chile y Ecuador. “Como lo logramos en Argentina, confío en que Brasil podrá volver a ponerse de pie; eso es lo que Flávio representa. Optando por las ideas de la libertad, volverán a ser testigos de una prosperidad a la altura de Brasil”, concluyó, en un cierre que funcionó como respaldo explícito a la candidatura del senador bolsonarista. Las posibles consecuencias de este episodio exceden la anécdota. En el plano bilateral, la relación entre Buenos Aires y Brasilia ya venía marcada por diferencias ideológicas y por gestos de distancia, pero la visita de Milei a San Pablo introduce un elemento nuevo: el presidente argentino se posiciona como actor en la política interna brasileña, apoya a un candidato opositor y descalifica al jefe de Estado y a un juez del Supremo, todo ello desde territorio brasileño. En el tablero regional, el choque refuerza la polarización entre proyectos de derecha radical y gobiernos de izquierda o centroizquierda, y tensiona los espacios de diálogo en foros como el Mercosur o la Celac. En términos simbólicos, la escena deja una imagen nítida: mientras recibe una condecoración en el Estado más poderoso de Brasil, Milei convierte el viaje en tribuna para su cruzada contra el socialismo y para su apuesta por un giro político en el país vecino. Lula, por su parte, responde desde la tradición de la izquierda brasileña, reivindica la soberanía electoral y cuestiona la conducta del presidente argentino. Entre ambos, la relación se desplaza del terreno diplomático al de la confrontación abierta, con un telón de fondo en el que las urnas brasileñas y la estabilidad regional aparecen como los verdaderos campos de batalla. Agencia NA.
Fuente: Agencia Noticias Argentinas

