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Nacionales

América Latina, la región del descarte: el “voto castigo” y su impacto en la democracia

Última actualización: 9 agosto, 2026 04:41
9 agosto, 2026
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11 min de lectura
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Por Javier Pianta Buenos Aires, 9 agosto (NA) – Hace unos días, en un taxi, el chofer me preguntó de qué trabajaba. Le dije que me dedicaba a mirar política, una forma elegante de confesar que uno pasa demasiadas horas tratando de entender por qué la gente vota como vota. “Ah, entonces explicame esto”, me dijo, sin sacar los ojos del tránsito, “¿la gente se volvió de derecha o está harta?”. Me pareció una pregunta bastante más sofisticada que muchas mesas redondas. Creo que ahí hay una punta. La llamo “región del descarte” por eso. Porque buena parte del electorado parece moverse con una lógica parecida a aquella frase de Sumo: “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. Quiere orden, alivio, precios razonables, seguridad, futuro, respeto, respuestas. Todo junto, ahora, sin demasiada paciencia para el trámite. La democracia, en cambio, sigue funcionando con una tecnología bastante antigua: debate, negociación, control, tiempos institucionales, prueba y error. Grecia clásica con Wi-Fi. Del otro lado, una sociedad acostumbrada a respuestas inmediatas, a buscadores que contestan en segundos y a inteligencias artificiales que devuelven certezas aunque a veces inventen. La izquierda suele creer que sabe qué quiere la sociedad, pero demora en hacerlo. La derecha muchas veces desconoce, simplifica o directamente ignora la complejidad de esa demanda, pero ofrece velocidad. Y en esta época, la velocidad también se vota. América Latina parece estar girando a la derecha. Lo dicen los titulares, lo repiten los analistas, lo festejan algunos gobiernos y lo padecen otros. Pero lo que veo en la calle, en las encuestas, en las charlas familiares y en los bares donde la política aparece entre el café y el precio del pan, es algo menos prolijo: la región está votando contra quien gobierna. Después, claro, ese enojo encuentra vehículo. A veces lo encuentra en una derecha dura. A veces en un libertario de campera de cuero. A veces en un outsider del orden. A veces en un dirigente que promete cerrar una etapa. El malestar no viene con manual doctrinario. Viene con cara de cansancio. Colombia ofrece una escena casi demasiado perfecta. En 2022, Gustavo Petro llegó al poder como una novedad histórica: el primer presidente de izquierda en un país largamente gobernado por élites conservadoras, liberales moderadas y coaliciones de centro. Cuatro años después, Abelardo de la Espriella gana por un margen mínimo, en un país partido. ¿Es eso una ola derechista o una sociedad agotada que vuelve a probar suerte? Me inclino por lo segundo, aunque sería ingenuo despreciar lo primero. La derecha radical sí aprendió a hablar ese idioma. Y lo habla bien. No lo disfraza. No lo sublima. Lo pone en escena. Orden contra caos, mano firme contra desborde, coraje contra tibieza. O mejor dicho: no es que la gente se haya vuelto de derecha de la noche a la mañana. Es que la derecha encontró un registro que la izquierda perdió: el de la bronca con destino. En 2022, Chile rechazó por casi 62% el primer proyecto constitucional. Muchos leyeron aquello como una derrota de Boric. Era eso, pero también otra cosa: una sociedad que había pedido cambio, pero que frente a un texto percibido como demasiado largo, identitario o incierto, pidió freno. Un año después, también rechazó la propuesta empujada por la derecha. Chile no se había vuelto revolucionario primero y conservador después. Estaba diciendo algo más incómodo: quiero cambio, pero no cualquier cambio; quiero orden, pero no cualquier orden. Bastante humano, en realidad. Argentina fue más brutal. En el balotaje de noviembre de 2023, Javier Milei le ganó a Sergio Massa por 55,7% contra 44,3%. El peronismo llegó pagando inflación, desgaste y esa sensación nacional tan argentina de vivir siempre al borde de la repetición. Milei no fue solamente una idea económica. Fue una escena. Un tipo que gritaba, que blandía una motosierra, que decía “casta” y lograba que millones sintieran que por fin alguien insultaba al mismo sistema que ellos insultaban en la mesa. Después vino la gestión, que es donde todas las épicas empiezan a transpirar. La política, hoy, se parece más a un ring que a una clase de economía. Bah, no sé si ring. Pero algo de espectáculo tiene. Lo vemos en redes, pero también en cualquier almacén. Hace poco escuché a una mujer decirle al dueño: “Yo ya no quiero que me expliquen más, quiero que hagan algo”. La frase podría ser el programa electoral de media región. Tiene razón y tiene trampa. Porque gobernar es hacer, sí. Pero también es elegir costos, repartir pérdidas, negociar con actores reales y soportar tiempos que las redes sociales no perdonan. Y acá viene el lío. La bronca vende. Eso lo sabe cualquier creador de contenido, y también cualquier político con dos dedos de frente. Un video de un diputado gritando en el recinto corre más que una explicación sobre cómo se financia una reforma previsional. Y ojo: no digo que esté bien o mal. Es lo que pasa. La democracia, con eso, se vuelve un deporte de reacciones. Lo malo es que la indignación no se administra: se hereda. El votante que hoy pide motosierra mañana puede pedir remedios. El que celebra mano dura puede exigir salario. El que pidió ruptura puede reclamar calma. Me parece que ahí está el error de hablar de un simple “giro a la derecha”. Hay derechización cultural, sin duda. Hay una nueva épica conservadora que dejó de pedir permiso. Hay un rechazo fuerte al progresismo moralizante, a cierto paternalismo estatal, a la corrección política y a la pedagogía de superioridad que a veces la izquierda ejerció con entusiasmo de maestra particular. Pero también hay voto castigo. Y eso es menos estable. La izquierda también tuvo aciertos. Sería mezquino negarlo. Boric sostuvo institucionalidad en un momento difícil. Petro puso sobre la mesa temas sociales históricamente postergados. En varios países, los progresismos ampliaron derechos, ordenaron agendas ambientales, hicieron visibles desigualdades que el viejo centro prefería esconder debajo de la alfombra. El problema es que la visibilidad no paga la cuenta del supermercado. La dignidad importa, pero el precio del arroz también. Y sin embargo, la derecha radical tampoco tiene garantizada la fiesta. Puede autodestruirse. De hecho, muchas veces lo hace. Llega con discurso de orden y no puede controlar su interna. Promete eficiencia y descubre que el Estado no es una app. Dice que va a terminar con la política y termina negociando con los mismos operadores de siempre, solo que con otro tono de voz. La viveza criolla, conviene recordarlo, es bastante transversal. Hace poco leí que “la derecha gana cuando la izquierda se olvida de gobernar”. No estoy del todo de acuerdo, pero algo de cierto tiene. La izquierda no pierde solo cuando la derecha crece. Pierde también cuando deja de parecer una respuesta y empieza a sonar como una explicación. Hay otra cuestión que me preocupa: la promesa tecnocrática. Cada vez aparece más la idea de que la democracia es lenta, torpe, demasiado hablada. Entonces surgen empresarios, plataformas, expertos en datos, consultores de eficiencia y mesías de tablero que prometen reemplazar deliberación por rendimiento. “Que funcione”, dice la gente. ¿Pero qué significa funcionar? ¿Quién define el resultado? ¿Qué pasa cuando la eficacia se usa para saltear controles? En América Latina conocemos ese atajo. Lo vimos demasiadas veces vestido de uniforme, de gerente, de salvador o de iluminado. Cambia el decorado, persiste la tentación. La región del descarte funciona así: un gobierno promete demasiado, la sociedad espera poco tiempo, la economía aprieta, las redes amplifican la decepción, la oposición encuentra una palabra filosa y el voto castiga. Y allí empieza otra vuelta. Y así. Ya salió Newsweek Argentina de julio: ¿Latinoamérica se volvió de derecha? La izquierda descubre que la corrección política no alcanza para gobernar la urgencia. La derecha descubre que la épica de la velocidad también choca contra la realidad: no se tuercen décadas de problemas en dos años con un decreto o una frase viral. ¿Es un giro a la derecha? Sí, en parte. Pero también es una democracia impaciente buscando intérpretes del enojo. Hoy esos intérpretes están más a la derecha que a la izquierda. La pregunta que queda flotando es simple y bastante incómoda: cuando el voto castigo vuelva a castigar, ¿a quién le va a tocar estar sentado en el banquillo? Siempre hay alguien. (*) Consultor en comunicación y docente. Agencia NA

Fuente: Agencia Noticias Argentinas

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