Por Alejandro Gomel Buenos Aires, 11 agosto (NA) — Hay preguntas que molestan. Y hay gobiernos a los que las preguntas les molestan todavía más. Esta mañana, en la conferencia de prensa del vocero presidencial Adrián Ravier en Casa Rosada, hice una pregunta y, a partir de allí, se produjo un cruce que terminó siendo más comentado que la propia respuesta. Lo interesante es que ese episodio revela la relación entre el Gobierno y la prensa. Porque detrás de una discusión puntual entre un periodista y un funcionario hay una cuestión mucho más importante: cómo entiende el Gobierno de Javier Milei el trabajo de los periodistas y cuál es el lugar que ocupa la prensa en una democracia. Ravier quiere pocas preguntas, en lo posible ninguna, y no dar la posibilidad de repreguntar. Pero una conferencia de prensa no debería convertirse en un examen donde el funcionario decide cuántas preguntas puede hacer cada periodista, ni en una puesta en escena donde el objetivo principal sea administrar el tiempo para evitar las respuestas. Una pregunta puede tener cualquier respuesta. Pero esa respuesta puede tener una repregunta. Y una repregunta suele ser necesaria porque la primera respuesta no contestó lo que se preguntó.Y eso es lo que molesta. EL PROBLEMA NO ES RAVIER El problema, en realidad, excede a Ravier. El Gobierno atraviesa desde hace tiempo dificultades para comunicar. Dentro de la propia administración se escuchan voces con críticas sobre la estrategia de comunicación. En los últimos días, incluso, funcionarios reconocieron que estaban ocurriendo cosas que el Gobierno consideraba positivas pero que no conseguía comunicar adecuadamente. En ese contexto, el vocero debería ser una solución al problema de comunicación, no convertirse él mismo en parte del problema. Ravier tiene una enorme responsabilidad. Es el encargado de hablar en nombre del Presidente y de un Gobierno que pretende transformar profundamente la Argentina. No debería tenerle miedo a las preguntas de los periodistas. Necesita dar respuestas. El periodista acreditado en Casa Rosada no es un adversario. No es un militante opositor. Es alguien que está allí para comunicar lo que sucede, lo que hace y lo que no hace la administración. Está trabajando. Y eso es lo que le molesta a un gobierno que sigue con ridículas restricciones para la labor diaria del periodista acreditado. UNA PREGUNTA, CINCO PERIODISTAS El problema aparece cuando la conferencia se transforma en un mecanismo cada vez más restringido. Una pregunta por periodista. Un número limitado de periodistas. Sin repreguntas. Y, en algunos casos, largas exposiciones iniciales del vocero que consumen buena parte del tiempo disponible. El resultado es una conferencia de prensa que se vuelve abúlica, aburrida, intrascendente, en lugar de ser un espacio donde los periodistas puedan preguntar y el Gobierno pueda comunicar adecuadamente. Y ahí aparece la contradicción. Un Gobierno que reivindica permanentemente la libertad —la libertad económica, la libertad individual, la libertad de expresión— debería sentirse particularmente cómodo con una prensa libre. Una prensa libre hace preguntas. A veces preguntas buenas. A veces preguntas incómodas. A veces preguntas que el funcionario considera equivocadas. Pero justamente para eso existe. NO HAY QUE CHICANEAR Hay otra cuestión. El vocero parece haber decidido que puede ser útil confrontar con los periodistas. Puede ser una tentación. Una frase ingeniosa, una chicana, una respuesta rápida pueden funcionar muy bien en las redes sociales. Pero para chicanear hay que tener oficio. En eso el bueno de Adorni era un maestro. Pero también es cierto que así le fue… Y el oficio de vocero no consiste en ganarle una discusión al periodista. Consiste en conseguir que el mensaje del Gobierno llegue a la sociedad. Es simple. El periodista pregunta. El funcionario responde. El público escucha. Ese es el mecanismo. Posiblemente el problema de Ravier, economista él, es que esta trabajando de vocero “sin tener el oficio y sin vocación” .Quizás el problema sea justamente ese: para ejercer de vocero hace falta algo más que conocer los argumentos del Gobierno. Hace falta oficio. Y, sobre todo, vocación para dialogar. Agencia NA
Fuente: Agencia Noticias Argentinas

