Por Mario Riorda *
Una regla cardinal de la comunicación, en caso de riesgo o de crisis, es que es preferible pecar siempre por exceso de alarma en la comunicación que subestimar el daño o las consecuencias. Se debe tratar de ser lo suficientemente cauto como para que en el avance de la gestión de crisis haya buenas probabilidades de poder decir “la situación no es tan mala como temíamos”, en lugar de “la situación es peor de lo que pensábamos”.
Aquí es donde entra en juego el pánico. Esta expresión tan usada cuando hay alto niveles de riesgo o cuando hay crisis. El pánico es un fenómeno excepcional en situaciones de tensión extrema o crisis inminente que
ocupa un importante espacio en el imaginario colectivo, pero del que, empíricamente, incluso hasta se duda de su existencia, como sostiene Jean Pierre-Dupuy. Este autor sintetiza una vasta postura académica respecto a
que el pánico en situaciones de catástrofe es algo poco frecuente y que las oportunidades de que aparezca se dan cuánto más dudoso sea el carácter externo del mal.
Más bien aparecen situaciones de angustia aguda que no son malas para pararse frente al peligro de un desastre, generando niveles de alerta y energía. Incluso Jennifer Horney, directora de epidemiología en la Universidad de Delaware y experta en salud pública, refuerza la idea de que, en el caso del Coronavirus por ejemplo, “gran parte de lo que ocurre son medidas típicas de salud pública que tomamos para controlar los brotes, solo Revisando un poco la noción de pánico que están aplicándose a una escala mucho mayor”.
El pánico como miedo intenso, sentido simultáneamente que genera conductas gregarias, es la tradición francesa del siglo pasado que emula la idea de masas descontroladas sin jerarquía social, desorganizadas y violentas. Esa idea se representa como una desindividualización. Lo más parecido a una visión salvaje del individuo en un estadio primitivo. A esa escuela, la concepción norteamericana se opone tenazmente quitándole ese exceso de irracionalidad y exageración, pero donde sí puede haber ausencia de coordinación y concertación causado por el miedo o por el acceso limitado para salir de un desastre.
Es la impotencia de alguna manera el factor clave del pánico. Impotencia y miedo, además de lo que se conoce como representación social autocumplida, cuando se dan situaciones culturalmente conocidas como propicias para el pánico (un incendio en un centro comercial, por ejemplo).
La idea de la impotencia se aproxima a la visión de Karestan Koenen, profesora de epidemiología psiquiátrica de Harvard, quién plantea que las “respuestas extremas es porque la gente siente que su supervivencia se ve
amenazada y necesita hacer algo para sentir que tiene el control” y agrega que “el pánico aparece cuando las emociones rebasan la parte más racional del cerebro -la corteza frontal-”
Ido Erev, profesor de Ciencia Conductual y Administración del Instituto de Tecnología de Israel Technion en Haifa, Israel, sostiene que “una minoría de personas, entre el 10 y el 30 por ciento, dependiendo de la situación, sigue sobrestimando el riesgo y se comporta de forma más histérica o reacciona de manera exagerada. Estas son las personas principalmente responsables de la oleada de compras de papel higiénico y las que vacían las estanterías. Pero lo importante es que se trata de una minoría. La mayoría de la gente tiene el problema opuesto”. En general, la cooperación es más significativa
en situaciones críticas. La conexión interpersonal aflora y se rompen ciertas distancias psicológicas.
De hecho, citando al sociólogo Enrico Quarantelli, un autor pionero en este tema, los poderes públicos también cometen el error sustentado en que “no cunda el pánico” o “no cunda la histeria”. La conducta gregaria, el caos, el descontrol de un supuesto pánico, no es la opción habitual y ello hace que muchas veces los gobiernos concentren recursos en objetivos ilusorios, aun cuando sería más conveniente destinarlos a otros fines. Este autor sostiene
que no hay ni irracionalidad ni conductas antisociales, más bien conductas no racionales y no sociales. No quita ello reconocer que la exageración desmedida y la falta de planificación puede ser perjudicial o generar algún caos como forma de pánico.
En ocasión del huracán Rita, en 2005, cerca de un millón de personas intentó abandonar las zonas de Texas expuestas a Rita. Las carreteras que conducen desde la ciudad costera de Galveston (Texas) hacia el interior del estado, y las que salen de Houston (60 km al noroeste) estaban virtualmente paralizadas con gigantescas colas de tránsito, y gente que estuvo hasta 13 horas para recorrer el trecho desde aquella ciudad costera hasta Houston.
Numerosas estaciones de gasolina habían reportado que ya no tenían combustible, y miles de pasajeros que querían evacuar la ciudad por aeropuertos de Houston enfrentaban largos retrasos por la falta de inspectores de equipaje que no fueron a trabajar.
Sin embargo, cuando el riesgo es alto, concreto y se da como última instancia, lejos de producir pánico, son recomendables mensajes de advertencia con alta carga de impacto. “Evacuen, la tormenta los matará” o “Tienen que irse, no esta noche, no en una hora sino ahora mismo“, fueron los mensajes de Rick Scott, Gobernador de Florida ante los posibles tornados y el peligro de marejadas que podían superar los 4,5 metros sobre el nivel normal del mar en un estado sin elevaciones geográficas en Miami y zonas costeras aledañas en ocasión del huracán Irma, en 2017.
Nótese que son instancias de riesgo último, donde tras esa alarma no hay nada más salvo el desastre.
Hay veces que la retórica minimizadora de alguna situación, sin que sea una crisis aguda, genera polémicas y situaciones conflictivas. “Nadie ha muerto tampoco de esto (contaminación atmosférica). No quiero que
se genere una alarma de salud pública, porque no la hay. Madrid es una de las ciudades con mayor longevidad del mundo y con uno de los mejores sistemas de transporte y cada vez se están renovando más calderas y vehículos” afirmó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el mayor organismo público de investigación de España, le recordó un estudio de la Agencia Europea del Medio Ambiente que cifra en 30.000 las muertes prematuras al año en España a causa de la contaminación atmosférica. El dióxido de nitrógeno, liberado en la combustión de motores y calefacciones, supone “graves riesgos sanitarios” al empeorar el asma y la insuficiencia respiratoria, alerta la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Por eso el justo equilibrio para reaccionar frente a situaciones depende del momento y de algún modo, de criterios que eviten quedar sujetos a comprobaciones empíricas con alto nivel de legitimidad pública. Aunque
cuando aparecen altos liderazgos públicos que niegan lo evidente, como Donald Trump con el cambio climático, o Jair Bolsonaro con el riesgo sanitario de la pandemia, por caso, el criterio político rebasa el equilibrio y entra del lado de la especulación electoral o de la clientela específica que pudiese soportar a esos liderazgos como voto u apoyo fiel.

